Bien, ahora, sigamos imaginando,
quitémosle el pañuelo al ladrón, vistámosle con un traje elegante, y, por último,
le quitamos también la pistola pero en su lugar ponemos una ley. Sigue siendo
un ladrón, sigue siendo un atraco, pero el problema es que ahora la fuerza está
camuflada por el poder coactivo de una ley que, en principio, nos obliga a vaciarnos
los bolsillos. No es difícil imaginar a estas alturas por dónde va la
argumentación, pero es necesario probar que esto es justo lo que está pasando
desde septiembre de 2011. El gobierno,
el anterior, este, los que vengan, han dejado de ser legítimos porque han
usurpado la Soberanía Nacional, han
traicionando el Pacto Social con la reforma del artículo 135 de la Constitución
y, armados con la ley de Estabilidad Presupuestaria aprobada en abril de 2012,
están perpetrando el mayor y más impune atraco al pueblo español de toda
nuestra democracia. Aunque sus efectos los estamos viendo ahora. Cataluña
no puede afrontar el pago de más de 400 millones de euros a escuelas,
hospitales y centros asistenciales concertados porque el dinero disponible ha
ido a pagar la deuda de los bancos, que es prioritaria; y Andalucía advierte
que de seguir reduciendo el gasto público como se le exige por ley tendrá que
cerrar 19 hospitales, o 2.000 colegios, o despedir a 60 mil empleados públicos.
Pero, vayamos por partes.
Una Constitución no es otra cosa que
la formulación explícita del Pacto Social. Porque ningún gobierno existe antes
de ese pacto. Como afirma Thomas Paine,
“la Constitución de un país no es el acto
de su gobierno, sino del pueblo que constituye un gobierno”. Los gobiernos
surgen siempre a partir del pueblo,
al menos en democracia, en las dictaduras el gobierno se impone sobre el pueblo. Por eso tenemos que distinguir siempre entre poder constituyente y
poder constituido. El pueblo encomienda la elaboración de una Constitución
a una asamblea constituyente. Una vez formalizada, el pueblo la ratifica, o no,
en referéndum, porque sólo bajo las condiciones por él aprobadas consiente en
delegar su soberanía a un gobierno. La
Constitución es así la expresión de la voluntad del pueblo. A continuación,
la asamblea constituyente se disuelve para elegir ya al gobierno, o al partido
que ha de formarlo; este es de desde ahora el poder constituido. Este es el
procedimiento por el que se aprobó la Constitución del 78 y se eligió el primer
gobierno de la democracia. En principio, el poder constituido, el gobierno, no
tiene derecho a modificar unilateralmente las condiciones del contrato por las
que fue elegido, a no ser, que la propia Constitución establezca los criterios
para su modificación, como es nuestro caso. Amparándose en el Título X de la
Constitución el PSOE emprendió la reforma
del artículo 135 que fue aprobada en septiembre de 2011 sólo con sus votos
y con los del PP, al margen del resto de partidos y despreciando al pueblo
español. El apartado 1 del artículo reformado consagra el principio de “estabilidad presupuestaria”
(déficit 0 a partir de 2020) para todas las administraciones públicas, y el apartado 3 dice que “los créditos para satisfacer los intereses y
el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre
incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de
prioridad absoluta”. Está claro. Se antepone el pago de la deuda a los
bancos antes que invertir o mejorar los servicios públicos. El gobierno cogió
lápiz y papel, y la Banca dictó el texto. No obstante, el artículo 167.3
establece la posibilidad de someter cualquier reforma de la Constitución a
referéndum siempre que lo proponga una décima parte de los miembros de
cualquiera de las dos cámaras. No pudo hacerse. La mayoría aplastante de PP-PSOE
lo impedía. Y el artículo 168 obliga a la consulta popular siempre que se
reforme total o parcialmente los artículos que afectan a los derechos
fundamentales y a las libertades políticas. Aquí se encuentran, por ejemplo, el
derecho a la igualdad de oportunidades (art. 23.2), y el derecho a la educación
(art. 27). ¿Los recortes buscando el despiadado déficit 0 no están afectando a
los derechos constitucionales de los españoles? Es cierto que no se ha
modificado ni una sola letra de estos artículos. Pero también es cierto que la
práctica los ha dejado en papel mojado. En cualquier caso, ¿hubiera aceptado el
pueblo español introducir en la Constitución la prevalencia de los bancos sobre
las personas?, ¿habría alguien tan estúpido
como para encomendar a los futuros gobiernos el deber de desmantelar el Estado
del Bienestar para entregar el dinero así ahorrado a los bancos? Si la
respuesta, como es previsible, es no, está claro que desde esta reforma se ha
usurpado la soberanía nacional, se ha roto el pacto social y se ha traicionado
la voluntad popular para instaurar un gobierno sobre el pueblo y contra
el pueblo.
Ya tenemos al ladrón. Ahora sólo hay
que armarlo. La Ley de Estabilidad Presupuestaria
aprobada en el Congreso en abril de 2012 es el instrumento por el que se
institucionaliza el expolio al pueblo español. La ley desarrolla y amplia el
artículo 135 de la Constitución. Bástenos, entonces, un breve repaso por los
puntos más importantes. El art.3.2 especifica que “se entenderá por estabilidad presupuestaria de las Administraciones
Públicas la situación de equilibrio o superávit estructural”. Es decir, el
Estado entendido como negocio que sólo debe obtener beneficio, y las personas,
debemos contribuir a este beneficio recortando nuestros derechos y las
prestaciones que recibimos. El art.7.2 dice que “la gestión de los recursos públicos estará orientada por la eficacia,
la eficiencia, la economía y la calidad, a cuyo fin se aplicarán políticas de
racionalización del gasto y de mejora de la gestión del sector público”,
dicho claramente, recortes, ajustes y privatizaciones para ahorrar, que es lo
que importa. Y el Estado se entiende como intermediario para que los bancos
hagan negocio porque, como establece el art.12.5, “los ingresos que se obtengan por encima de lo previsto [vía impuestos]
se destinarán íntegramente a reducir el nivel de deuda pública”. El art.14,
como ya establecía la Constitución, deja claro que “el pago de los intereses y el
capital de la deuda pública de las Administraciones Públicas gozará de
prioridad absoluta frente a cualquier otro gasto". En los artículos, 11, 13, y en la
Disposición Transitoria Primera, se establece como meta del déficit estructural
el 0,4% del PIB nacional a conseguir en 2020, para lo cual hay que reducirlo a
un ritmo aproximado del 0,8 al año, con revisiones parciales para ajustar
objetivos en 2015 y 2018.
Es un auténtico atraco. Pero, además,
la ley es un atentado a nuestra inteligencia, porque es de una hipocresía
insultante. En el preámbulo que pretende justificar la ley se dice: “La estabilidad presupuestaria, consagrada
constitucionalmente, es base para impulsar el crecimiento y la creación de
empleo en la economía española, para
garantizar el bienestar de los ciudadanos, crear oportunidades a los emprendedores y ofrecer una perspectiva de
futuro más próspera, justa y solidaria. La salvaguardia de la estabilidad
presupuestaria es un instrumento indispensable para lograr este objetivo, tanto
para garantizar la financiación adecuada del sector público y los servicios
públicos de calidad sobre los que descansa el sistema de bienestar, como para ofrecer seguridad a los inversores
respecto a la capacidad de la economía española para crecer y atender nuestros
compromisos”. Pero, si hay que seguir recortando de aquí al 2020, y luego
no hay que gastar un euro más de lo que se ingresa, y si todo lo que se ingresa de
más es para los bancos, y si cuando hay ingresos hay que pagar primero las
deudas, ¿cuándo se va a recuperar el Estado del Bienestar?, ¿cuándo vamos a
tener, de nuevo, servicios públicos de calidad? ¿Cuándo vamos a tener con esta
ley un futuro más próspero, justo y solidario? Nunca, mientras exista. Porque más
bien consigue lo contrario. Robarnos el futuro, y hacer una sociedad más
injusta e insolidaria. Los últimos desplantes de algunas comunidades al
contable Montoro en el último Consejo de Política Fiscal, y los problemas de Cataluña
y las advertencias de Andalucía son sólo una muestra de esa toma de conciencia
del horizonte que nos espera. Los verdaderos objetivos de la ley son crear oportunidades a los emprendedores, al
sector privado reduciendo el sector público; y ofrecer seguridad a los inversores, diciéndoles que, por ley, este
gobierno, cualquiera, se va a ocupar antes de sus ganancias que sus ciudadanos.
En las manifestaciones suele
gritarse una consigna: “Manos arriba. Esto es un atraco”. No sé si los
manifestantes saben hasta qué punto están en lo cierto. Pero, eso es lo que
diría el atracador. No debemos adoptar su punto de vista, sino el verdadero, el
nuestro, el de los atracados, y pensar, como en el caso planteado por Rousseau: ¿Tenemos que obedecer, tiene
derecho el gobierno a perpetrar este atraco? ¿Es legítimo el gobierno que ha
roto el pacto social y se ha apropiado de la voluntad del pueblo alterando a su
gusto nuestra Constitución y aprobado un ley a la medida del negocio bancario?
¿Tenemos la obligación de obedecer a un gobierno que actúa en realidad de
intermediario del negocio de la especulación financiera? Así, quizá, cuando
tengamos clara la respuesta, sepamos qué hacer. La fuerza, dice el divino Rousseau, hizo los primeros esclavos, su cobardía los ha perpetuado.






