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domingo, 20 de enero de 2013

¿A quién representan?


Estos últimos días nos hemos indignado por el nombramiento de Rodrigo Rato, todavía imputado por el caso Bankia, como asesor de Telefónica, y porque la empresa para la que trabajaba Juan José Güemes, exconsejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, es desde noviembre de 2012 propietaria de los laboratorios que realizan los análisis clínicos de seis hospitales de Madrid, servicio privatizado precisamente durante su etapa como Consejero de la Comunidad. Nuestra indignación es comprensible, pero delata también nuestra ingenuidad. Aún no hemos entendido, o no queremos entender cómo funciona el “Sistema”, que está, simplemente, agradeciendo los servicios prestados en la defensa de sus intereses, así, sin más. Otros antes que ellos fueron igualmente recompensados: Aznar y Miguel Roca trabajan para Endesa, Elena Salgado para su filial chilena, Ángel Acebes para Iberdrola, Miguel Boyer para Red Eléctrica, Isabel Tocino y Abel Matutes para el Banco Santander, Felipe González para Gas Natural, Pedro Solbes para Enel, propietaria de Endesa, Marcelino Oreja para Enagás…y así hasta más de 40 ex-altos cargos del PP y del PSOE. Sólo de vez en cuando, la indignación y la presión mediática consiguen que alguna de estas personas renuncien a sus nuevos y lucrativos puestos de asesoría, como ha ocurrido con Güemes, o como ocurrió con el marido de María Dolores de Cospedal,  Ignacio López del Hierro, que tuvo que dejar su puesto como consejero de Red Eléctrica Española, una empresa que aún es pública, sólo para recalar en Iberdrola.

Parece que todavía en Europa queremos mantener una cierta hipocresía, y le damos mucha importancia a las apariencias, de modo que para guardarlas el Sistema nos brinda algunas leyes que legalizan lo inmoral, con tal de que se respeten ciertas condiciones. En nuestro caso contamos con la Ley de incompatibilidades de 2006, cuyo artículo 8.1 dice que los altos cargos “no podrán desempeñar sus servicios en empresas o sociedades privadas relacionadas directamente con las competencias del cargo desempeñado” durante los dos años siguientes a la fecha de su cese. Dos años, no parece mucha espera. Así que, Güemes, efectivamente, no había hecho nada ilegal. En Estados Unidos no se andan con tonterías. Allí puede haber hasta 5 lobbistas por cada parlamentario cuya única misión es asegurarse de que las leyes que emanan del Congreso se ajustan a los intereses de las empresas que representan. Y es que, la democracia es la gran apariencia.

Ya dijo Marx aquello de que “el Estado es una institución al servicio de la clase dominante”. Pero Marx es una antisistema (quizá, un perroflauta), tan denostado que mucha gente necesita o quiere oír lo mismo pero de alguien menos sospechoso. Joseph Stiglitz, Nobel de Economía en 2001 y profesor de la Universidad de Columbia, sostiene en su último libro, El precio de la desigualdad, que quienes tienen el poder, “utilizan ese poder para reforzar sus posiciones económicas, o, como mínimo, para mantenerlas”. Stiglitz habla del fenómeno de “búsqueda de rentas” para referirse al proceso de transferencia de riqueza de la parte baja de la sociedad hacia la parte alta, en donde el gobierno, tanto por lo que hace (liberalizar, privatizar, desregular…) como por lo que no (fiscalidad progresiva, control financiero…) se convierte en el intermediario necesario, inexcusable, que en realidad defiende los intereses de las rentas altas.

Y así llegamos a las privatizaciones. Porque todos los ex-altos cargos acaban trabajando para las empresas públicas que fueron privatizadas. No hay duda de que “la privatización es un instrumento más que se utiliza en beneficio de las clases económicas dominantes de las que, en última instancia, depende dicho gobierno”. Aunque evidentemente, el Sistema quiere convencernos de que se privatiza por otras razones. Unas, de orden práctico, como ahora, para reducir el déficit público y obtener un dinero ”extra”. Aprovechando la crisis se está vendiendo todo el patrimonio público de Portugal y de Grecia por órdenes directas de la troika. Pero esto es pan para hoy y hambre para mañana. Sin embargo, el argumento más utilizado, aunque sin prueba empírica alguna que lo corrobore, es que la empresa privada es más eficiente que la pública. De ser así, sólo se privatizarían aquellas empresas públicas que tuviesen pérdidas, dando por hecho que las pérdidas se producen por una gestión ineficiente de la misma. También habría que admitir que todas las empresas privadas son, por definición, eficientes, y que ninguna debería incurrir en pérdidas ni quebrar. Pero es que, además, los hechos, desmienten las razones.

Fijémonos, por ejemplo, en el proceso privatizador llevado a cabo en España desde el ingreso en la Unión Europea. Normalmente suele dividirse este proceso en 3 periodos. El primero, desde 1986 hasta 1992, año en el que entra en vigor el tratado de Maastricht, tiene lugar bajo los gobiernos socialistas la reestructuración y fusión de gran parte de las empresas públicas que eran rentables. Así, se crearon Repsol, Inespal, Indra, Tabacalera, Endesa, Aceralia y Argentaria, que quedaron englobadas en el grupo Téneo. Otras empresas con pérdidas fueron vendidas a empresas privadas extranjeras, por ejemplo Seat fue vendida en 1986 a Volkswagen, y Enasa-Pegaso al grupo Fiat-Iveco en 1991.  Un segundo periodo iría de 1992 hasta 1996, año de la llegada del PP de José María Aznar al gobierno. En esta fase empiezan a venderse paquetes de acciones de las empresas públicas rentables que en el periodo anterior habían sido objeto de reestructuración, y se hace por imperativo legal, pues Maastricht prohibía las subvenciones a empresas públicas, y quería garantizar el acceso de cualquier inversor a cualquier tipo de empresa. Aún así, el gobierno quería mantener el control de las empresas reteniendo un 10% de las acciones, con lo que se aseguraba un puesto en la gestión y una nada desdeñable participación en los beneficios. La tercera etapa se inicia en 1996 y llegaría hasta nuestros días. A los tres meses de la llegada de Aznar al gobierno se disolvió el grupo Téneo con objeto de liquidar el resto de las acciones que el Estado aún retenía de sus empresas. Entonces se aceleró la privatización completa de las empresas públicas más rentables, las que entonces se conocían como las “joyas de la Corona”, no sólo por su rentabilidad, sino porque pertenecían a sectores estratégicos, fundamentales para cualquier Estado; Energía (Repsol, Endesa) Comunicaciones (Telefónica) y Banca (Argentaria). De nuevo, y con la excusa de equilibrar las cuentas, en el plan del PP de Rajoy se pretende privatizar RENFE, AENA, Red Eléctrica Española, IAG (fusión de Iberia y British Airways), vender las acciones de la SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales), y los servicios que prestan las comunidades como el Canal de Isabel II en Madrid y la Sanidad allí donde gobiernan.

Si a la transferencia directa de rentas a las clases altas por la vía de la privatización de empresas y servicios públicos le añadimos otras cuestiones, como la amnistía fiscal, las desgravaciones a las grandes empresas, la tributación regresiva (paga más el que menos tiene) que grava las rentas del trabajo y no las del capital, la negativa a regular el sector financiero ni a imponerle cualquier tipo de tasa, una legislación laboral hecha al dictado de los empresarios, y si, en fin, a todo esto le añadimos los escándalos de financiación irregular y de corrupción en todos los partidos políticos, ¿qué nos queda? La constatación de que la democracia es otra apariencia, quizá la más importante, porque es la que contiene a todas las demás, pero es apariencia al fin y al cabo, una entelequia, una farsa. Aunque nos cuesta verlo y aceptarlo pues llevamos mucho tiempo sumidos en el engaño. Lenin (¿otro perroflauta?) lo dijo ya en 1917: “El Capital, al dominar esta envoltura (la democracia), que es la mejor de todas, cimenta su poder de un modo tan seguro, tan firme, que ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partidos dentro de la república democrática burguesa, hace vacilar ese poder”.

¿Aún pensamos que la democracia es el poder del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo? Nos ayudaría a comprender el mundo en el que vivimos si aplicáramos como método de análisis de la realidad ese proverbio que afirma que “obras son amores y no buenas razones”, es decir, si en vez de fijarnos en las apariencias, en las formas, nos fijáramos más en lo que los gobiernos hacen y no en lo que dicen que hacen, o en la mayoría de los casos, en lo que prometen hacer. Como ejemplo, hechos comprobados, y muy sensibles en las circunstancias actuales: La deuda de los cuatro grandes partidos, PSOE, PP, CiU y PNV, con los bancos asciende a unos 200 millones de euros, pero éstos devuelven muy poco porque es normal perdonar la deuda a los partidos que están en el gobierno o renegociarla en condiciones muy ventajosas para ellos. En 1996 Caixa Galicia perdonó al PP casi 300 millones de las antiguas pesetas. En 2004 Caixa Cataluña perdonó al PSC unos 6,5 millones de euros y 2,7 a ERC. En 2006 el Banco Santander y el BBK perdonaron al PSOE una deuda de unos 30 millones de euros. En junio de 2011 el Congreso rechazó que la deuda hipotecaria con un banco pudiera saldarse con la entrega de la vivienda. Votaron en contra PSOE, PP, CiU y PNV.

Sí, es cierto, cada cuatro años el pueblo elige a los diputados que se sientan en el Congreso, ¿y luego? Nos vamos a casa, tranquilos, seguros, porque sabemos, o deberíamos saber, que la democracia está guardada hasta la convocatoria siguiente, a buen recaudo, en la caja fuerte de los bancos.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Mecanismo 3 (y último): Clase media (o la inconciencia de clase)


La existencia de una amplia clase media es el tercero y último de los mecanismos de defesa de la democracia, que, como decíamos, lo es a su vez del capitalismo. La creación de esta clase media ha ido gestándose desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya se hizo más que evidente la necesidad de la intervención del Estado para corregir los desvaríos del sistema, que habían provocado dos grandes crisis y dos guerras mundiales. Sin entretenernos mucho en este asunto, puede decirse sin más que la consolidación de esta Clase Media es un éxito tanto del capitalismo como de la socialdemocracia, pues durante la segunda mitad del siglo XX la política obligó a la economía a dejar fluir hacia abajo, hacia el pueblo, una pequeña parte de la riqueza que generaba. Claro que el fantasma del fascismo superado, y del bolchevismo soviético contemporáneo actuaba siempre de amenaza latente de hacia dónde podrían ir los acontecimientos si el capitalismo no se aliaba con la democracia. Esta riqueza, como si de una limosna se tratara, se fue concretando en derechos sociales y laborales, en la construcción de una red asistencial y de servicios públicos, y en unos salarios que permitían a los trabajadores vivir con una cierta dignidad y comodidad. Como aseguraba Maquiavelo, “nadie hace el bien sino por obligación”, y al capitalismo se le obligó a ser algo más humanitario, y así la socialdemocracia parecía triunfar.

El Estado, ese monstruo que marxistas y anarquistas querían hace poco exterminar, de pronto parecía convertirse en una institución que por fin se preocupaba por el bien común, sustituyendo la dominación y la explotación que le había caracterizado, por la mediación y la redistribución de la riqueza que generaba el sistema. La ampliación de esta base social de apoyo a la democracia y al capitalismo, que ahora parecía no ser tan malo, se convirtió en lo que hemos llamado colchón social, porque ha conseguido amortiguar las diferencias de clase, no las ha suprimido, porque ricos y pobres sigue habiendo, pero en unos niveles que la clase media puede soportar. Esta amplia clase media ha roto la bipolaridad social sobre la que se basaba el discurso marxista, pues ha ocultado o difuminado, cuanto menos, los antagonismos entre los otrora llamados explotadores y explotados.

La socialdemocracia sustituyó la lucha de clases por la lucha del mérito y el talento entre los miembros de una misma clase, entre los propios trabajadores. Es la llamada meritocracia, otro de los grandes logros del sistema. Pues la clase media se había llegado a convencer de que el sistema permitía el éxito personal con independencia de la renta o la extracción social, sólo había que formarse y trabajar duro para conseguirlo. En esto consistía la igualdad de oportunidades. Si un individuo fracasaba, pensábamos, la culpa es sólo suya, no del sistema. Como consecuencia, se ha eliminado la verdadera conciencia de clase y se ha sustituido la lucha colectiva por un individualismo egoísta y corporativo que anula la conciencia social. Ni qué decir tiene que esa igualdad de oportunidades es más hipotética que real. La extracción social sí importa, importa la familia y los estímulos que pueda ofrecer o las necesidades que pueda tener. Como la igualdad de oportunidades se establece en los inicios del proceso formativo del individuo, dejaba ya bastante en entredicho la realidad de la meritocracia el hecho de que en el sistema capitalista admitamos sin cuestionarlo la existencia de dos modelos educativos, uno público y otro privado, pero ahora, con los brutales recortes que está sufriendo la Educación Pública, la pretendida igualdad de oportunidades se ha revelado simplemente falsa.

Esta clase media y el engaño de la meritocracia han desarmado ideológicamente a los partidos de izquierda porque, diría Marx, ha dejado de pensar y de comportarse como “clase”, ha dejado de ser “clase” en sentido estricto, porque no tiene conciencia, no sabe el lugar que ocupa en el sistema capitalista. Y por eso vota a derecha o a izquierda sin demasiado criterio ni juicio crítico, según le va a cada individuo personalmente. Por eso decía Engels que el sufragio universal es el índice que mide la madurez de la clase obrera. Y así, hasta los partidos mayoritarios que se llaman de izquierda basculan hacia su derecha llevando a cabo políticas “centradas” en buscar el voto de esta masa inconsciente. Engañada, o inmadura, tanto da, es capaz de votar a los partidos de derechas sin caer en la cuenta de que están haciendo inclinar la balanza hacia el capitalismo inhumano y egoísta que tantos problemas provocó en el pasado.

En esta crisis, los recortes en derechos sociales y en servicios públicos están golpeando especialmente a la clase media. Desempleo, disminución de salarios, desamparo laboral, subida de impuestos, desmantelamiento de los servicios públicos, etc., han despertado la alarma en el pueblo de media Europa, que se está movilizando y saliendo a la calle, ejerciendo su derecho a la protesta, en contra y a despecho de nuestro gobierno que hubiera querido la aceptación callada y sumisa de cada uno de los golpes. Pero es una política económica suicida, permitir el hundimiento de la clase media va en contra del capitalismo mismo y de la democracia que lo protegía. Despierta lo que el búlgaro Tzvetan Todorov llama enemigos íntimos de la democracia, porque emergen de su seno y de sus propios errores. El populismo, que puede manifestarse tanto bajo la forma de nuevos fascismos como de nuevos comunismos, es uno de ellos. Y está pasando. Los más de seis millones de franceses que votaron ultraderecha, y los 21 diputados que han obtenido los neonazis en Grecia son síntomas nada despreciables. Y el último aviso, que parece que ha calado en el ánimo de los políticos, que han empezado ya a hablar de la necesidad de estimular el crecimiento. A buenas horas mangas verdes (¿azules?) que diríamos aquí. Sin embargo no se trata tanto de los errores de la democracia como de los del capitalismo. Éste se ha sentido tan seguro, ha controlado tanto a la política, tanto la ha sometido, que ha pensado que podía prescindir de la democracia. Lenin pensaba que la extinción del Estado capitalista implicaba la extinción de la democracia porque se haría innecesaria. Esto me produce una seria duda que formulo con congoja, porque, está claro que el capitalismo se parapeta detrás de la democracia, que la necesita, pero, ¿necesita la democracia al capitalismo? 

miércoles, 25 de abril de 2012

Mecanismo 1: Elecciones periódicas o marxismo actualizado

A Santos

Se ha hablado aquí con frecuencia del Pacto Social. Y ya hemos dicho que ha sido roto, robado, usurpado, y que en realidad la democracia que creíamos tener está vacía, o, simplemente, es falsa. Y así, para demostrar de qué manera la democracia se “defiende” de una posible revolución no nos sirven ya los teóricos del Pacto Social. Y no sólo porque estén demasiado atrás en el tiempo, que también, sino porque ahora lo importante no es la democracia, sino el Estado, y a sus teóricos hemos de acudir para ponerle el apellido correcto a esta maquinaria, que más se asemeja al monstruo de Hobbes, al Leviatán que todo lo devora, que a ese inocente organismo de conciliación social como ingenuamente creía que era la socialdemocracia desde sus inicios, y posiblemente todavía lo cree. Sí, parece mentira, a estas alturas del siglo XXI, pero tenemos que acudir al socialismo científico, al marxismo, a las palabras del mismo Marx, a Engels y a Lenin, pues son de una actualidad asombrosa. Bastará con una pequeña actualización de algunos términos ya en desuso, pero habrá que rescatar otros que creíamos trasnochados, y cuyo empleo parecía fuera de lugar, hasta hoy: Explotación, Capital, Capitalismo, Lucha de clases, Estado capitalista.

Empecemos enunciando la tesis principal: Si las elecciones periódicas son un mecanismo de defensa de la democracia, la democracia misma es un mecanismo de defensa del sistema capitalista.

La experiencia histórica obligó a Marx a corregir sus vaticinios sobre el Estado, pues confirmó su esencia, como institución al servicio del Capital, pero se equivocó en su evolución. Porque el Estado no se destruye, sólo se transforma, se adapta y se mejora. Y el Estado capitalista-democrático es la forma más avanzada y más completa de su evolución. Marx escribe, a propósito de la revolución francesa de 1848, que “todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina [el Estado], en vez de destrozarla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el botín principal del vencedor”. Porque botín es lo que ofrece el sistema capitalista a sus colaboradores. ¿A que suena actual?

En 1884 Engels aseguraba que la República democrática es la forma más elevada de Estado porque no reconoce oficialmente diferencias de fortuna —ya hablaremos de la hipotética meritocracia y su pretendida igualdad de oportunidades— y porque en ella el dinero ejerce su poder indirectamente, pero de un modo más seguro. Bien por corrupción directa de los funcionarios del Estado, es decir, gobernantes; o bien “bajo la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se realiza con tanta mayor facilidad, cuanto mayor crecen las deudas del Estado”. ¿Escalofriante, verdad? Sigamos un momento con Engels. Afirma que la clase poseedora impera sobre la oprimida de un modo directo por medio del sufragio universal, al haberla convencido de que es a lo máximo a que puede aspirar, en el único sistema político posible. Y sentencia: “El sufragio universal es, de esta suerte, el índice de madurez de la clase obrera”, pues de ella se esperaría que eligiese a sus propios representantes y no a los del Capital. Sin comentarios. O casi. ¿Cuántas veces hemos dicho después de una convocatoria electoral aquello de que “tenemos lo que nos merecemos”?

Termino con Lenin. También él reconoce a la república democrática como la mejor envoltura política del capitalismo, y escribe en 1917 lo siguiente: “El Capital, al dominar esta envoltura, que es la mejor de todas, cimenta su poder de un modo tan seguro, tan firme, que ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partidos dentro de la república democrática burguesa, hace vacilar ese poder”. Lenin está dispuesto a admitir que la democracia capitalista es la mejor forma de Estado para los trabajadores, pero, dice, no debemos olvidar “que la esclavitud asalariada es el destino reservado al pueblo incluso bajo la república burguesa más democrática”.

¿Qué error ha cometido el sistema capitalista en esta crisis? Además de su excesiva avaricia (si este concepto redundante existiera), alzar su rostro por encima de la democracia. Muchos habremos confirmado lo que ya sabíamos. ¿Y el resto del pueblo, lo habrá visto?, ¿y si lo ha visto, se acordará en las próximas elecciones? Cuatro años dan para mucho. El Capital puede volver a agazaparse por detrás de la democracia para restaurar el sistema. El pueblo, se frotará los ojos dudando de lo que ha visto. Nada, un mal sueño.