Siempre es cierto ese aserto que
afirma que para entender bien el
presente hay que estudiar el pasado. Pero en estos días más, porque estamos
viviendo esta crisis como si fuera algo inesperado y hemos olvidado, o hemos
querido olvidar, que realmente la crisis empezó hace 20 años, y fue hace 20 años que empezó a desmantelarse
el Estado del Bienestar y la democracia en Europa que tanto costó levantar
y defender. Menos mal que tenemos la historia, más para advertir que para
divertir. De modo que, adviértase, si hoy nos hundimos en el lodo, es porque
hace 20 años empezamos un camino lleno de barro.
En junio de 1988 el Consejo Europeo
encargó a Jacques Delors, presidente
de la Comisión, un informe para avanzar en la unión económica y monetaria. El
informe estaba listo casi un año más tarde. Fue presentado el 17 de abril de
1989 y proponía alcanzar la unión monetaria en tres fases, sin concretar fechas.
En síntesis, establecía la libertad de movimientos de capitales, convergencia
macroeconómica para garantizar la estabilidad de precios, la creación de un
Banco Central Europeo y la adopción de una moneda única como culminación del
proceso. Todo ello requería de una refundación de Europa, que pasaba por la
modificación de los tratados fundacionales de la Comunidad. La cumbre europea
celebrada en Madrid en junio de 1989 tenía por objeto concretar el plazo de
inicio de la primera fase y los criterios para una convergencia progresiva de
las economías europeas como requisito para poder adoptar la moneda única. Este
era el principal escollo de la reunión, la firme oposición de los británicos a
abandonar la libra esterlina. Cuando, durante una cena, se abordó este tema, Nigel Lawson, ministro de finanzas, se
levantó bruscamente de la mesa y exclamó: “¡Nunca!
¡Jamás cambiaremos la libra esterlina por una moneda europea!”. Margaret Thatcher golpeó la mesa y dijo: “¡Right!”.
Y entonces, el 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín. El
acontecimiento, no por sorprendente, era menos esperado. La política
aperturista de Gorbachov en la Unión
Soviética que sacudió toda la Europa del este, y fomentó las protestas
ciudadanas en la RDA en los meses anteriores hacían presagiar que algo así
podía ocurrir en cualquier momento. De hecho, la posibilidad de una
reunificación alemana estaba en las conversaciones de entonces entre los jefes
de estado. Así por ejemplo, Alemania consideraba su moneda, el marco, como un
signo de identidad nacional, y Helmut
Khol le confesó a Mitterrand en
junio de 1989 en Madrid que abandonarlo supondría un gran sacrificio, y pensaba
que la opinión pública alemana no estaba preparada para ello. Mitterrand le
contestó: “Usted está preparado para la
reunificación alemana. Usted debe continuar demostrando que cree en Europa”.
La posibilidad de una reunificación de
Alemania, con más de 80 millones de habitantes y una moneda fuerte y estable, se veía como una amenaza y un factor de desequilibrio en Europa. Pero el presidente francés creía que una
moneda única actuaría como factor moderador de una Alemania unificada e integrada en Europa,
si conseguían que abandonase el marco, del que, había dicho una vez, era “su bomba atómica”. Así se lo dijo a
Margaret Thatcher en septiembre, intentando calmar sus recelos. La premier
británica era la única que se oponía con la misma energía a consentir la
unificación de Alemania y a abandonar la libra esterlina. De manera que la
caída del muro de Berlín sólo precipitó los acontecimientos. Khol le hizo saber
a Mitterrand, a través de su ministro de exteriores, Hans Dietrich Genscher, que Alemania impulsaría la unión económica
y monetaria si en la próxima cumbre europea de Estrasburgo, que se celebraría
los días 8 y 9 de diciembre, obtenía su apoyo a la reunificación de Alemania.
Mitterrand reiteró sus condiciones: “No
aceptaría la reunificación Alemana si no iba acompañada de una integración
europea, y esto no era posible sin la unidad monetaria”. Desde entonces
Mitterrand asumió un doble juego, vencer la resistencia británica a la
reunificación alemana al mismo tiempo que parecía oponerse a ella. El 8 de
diciembre de 1989, Thatcher le dijo a Mitterrand: “Si no vamos con cuidado, la
reunificación se va a llevar a cabo. Si eso pasa todo se vendrá abajo en
Europa. El canciller Khol parece haber olvidado que la división de Alemania fue
el resultado de una guerra que empezó Alemania”. Inglaterra temía por la
frontera germano-polaca, y pensaba que incluso podía reivindicar otros
territorios, llegando a tener más de lo que tenía en tiempos de Hitler. Temía
no estar a la altura de las circunstancias, y repetir el error de sus
predecesores en el cargo en los años 30. Incluso llegó a decir: “¡Hemos derrotado dos veces a los alemanes,
y aquí están otra vez!”. Mitterrand, en principio le da la razón, y le dice
que, en efecto, los alemanes ya sólo piensan en la reunificación, que “ha tenido el efecto de convertirles otra vez
en los malos alemanes del pasado”. En enero de 1990 Thatcher le sugiere
a Mitterrand: “Deberíamos decirles a los
alemanes que la reunificación llegará algún día, pero que no estamos preparados
todavía, que Alemania del este tiene que ponerse a la cola para entrar en la
Comunidad. Tenemos que intentar comprometer a los alemanes a un periodo
transitorio. La reunificación no debería ocurrir antes de 10 o 15 años”.
Pero Mitterrand le contestó: “Sería
estúpido decir no a la reunificación. No hay fuerza en Europa que pueda impedir
que ocurra. Más vale aceptarla con los ojos muy abiertos y ligar la unidad de
Alemania a la construcción de Europa y a la garantía de las fronteras”. Y
así se hizo. El 12 de septiembre de 1990 se firmó en Moscú el tratado Dos más
Cuatro (las dos alemanias y los Aliados de la Segunda Guerra Mundial) dando vía
libre a la reunificación alemana, que se hizo efectiva el 3 de octubre de ese
mismo año.
Mientras tanto, se avanzaba en el
proceso de construcción de la unidad económica y monetaria, y aquí, como temía
la señora Thatcher, se hizo bajo el dictado de Alemania. Con un 32% del PIB de toda la
Comunidad, equivalente a su contribución a las arcas comunitarias y al entonces
vigente Sistema Monetario Europeo, hubiera sido difícil rechazar las
condiciones de Alemania para la unión monetaria. Según Karl Otto Pöhl, entonces presidente del Bundesbank, “probablemente no habría habido una unidad
monetaria sin la unificación alemana”. Y es que Alemania sólo abandonaría el marco si la nueva moneda, y el nuevo Banco
Central Europeo se hacían a imagen y semejanza del Bundesbank y de su
política monetaria marcada por una obsesión: la estabilidad de los precios y el
control de la inflación. El señor Pöhl se reunió en mayo de 1990 en Estrasburgo
con los miembros de la Comisión Económica del Parlamento Europeo para decirles
cómo iba a ser el futuro BCE y cuáles serían sus objetivos: “Asegurar la estabilidad de precios para
evitar a toda costa la espiral inflacionaria, y controlar el precio del dinero
y la masa monetaria”. Además, el futuro BCE debe ser absolutamente
independiente, sólo será “responsable
ante la opinión pública y en ningún caso estar sometido a las presiones de los
gobiernos. El control de la inflación no puede dejarse a los gobiernos”,
sentencia. Y, por si había alguna duda de su mensaje, concluye: “Los asuntos monetarios son una cosa muy
seria para dejarla en manos de los políticos”. En aras de esa independencia
defiende que la sede del BCE no debe estar en Bruselas, por la influencia que
podría ejercer la Comisión europea, llega a proponer Madrid, el punto más
alejado que se le ocurrió en ese momento, aunque su deseo es que estuviese en
Frankfurt. En noviembre de este mismo
año de 1990 se encargó de arrojar un jarro de agua fría sobre las propuestas
británicas para la unión monetaria, y lo hizo en la misma Escuela de Economía
de Londres. Siempre intentando salvar la libra esterlina, los británicos habían
propuesto en 1989 que todas las monedas nacionales tuvieran curso legal en los
países europeos, y ahora, el nuevo ministro de Hacienda, John Major, había propuesto la creación de un ecu fuerte de curso
legal y la creación de un Fondo Monetario Europeo que prestaría ecus a los
países con problemas en sus balanzas de pagos. El presidente del Bundesbank se
opuso firmemente a estos planes pues esta transferencia de recursos de los
países ricos a los más pobres dispararía la inflación. En su lugar defendía una
Europa a dos velocidades, y que sólo entrasen en la moneda única los países de
mayor grado de desarrollo. España, sin embargo, se oponía a quedar relegada de
la moneda única y reclamó la creación de unos Fondos de Cohesión para apoyar a
los países con menos del 90% de la riqueza media de la CE. Helmut Khol llama a Felipe González “el gran abogado de los Fondos de Cohesión”, y si en un principio
recelaba de ellos, acabó aceptándolos como pago al apoyo que el presidente del
gobierno español prestó desde el primer momento al proyecto de reunificación
alemana. Todavía el 9 de noviembre de 1991, el primer día de la cumbre de
Maastricht, Khol decía: “Hay que escuchar
lo que dice González sobre solidaridad, pero sin que cueste dinero".
Finalmente, los fondos de cohesión, y las exigencias alemanas sobre el futuro
BCE y los criterios económicos para alcanzar la convergencia previa a la
adopción de la moneda única quedaron incorporados al tratado de Maastricht,
firmado en febrero de 1992.
Y Maastricht fue, como se dijo en su día, el triunfo de las políticas
neoliberales en Europa, y el triunfo de la Europa del capital y de los
mercaderes sobre las personas y los ciudadanos. Porque el texto, harto
farragoso, dejaba atados y bien atados las aspectos económicos de la Unión
Europea, pero dejaba esbozados con declaraciones de buenas intenciones el resto
de asuntos, como la política de empleo o la seguridad común. En particular, el
artículo 101 prohibe “la concesión de cualquier tipo de crédito por el Banco
Central Europeo y por los bancos centrales de los Estados miembros..., en favor de instituciones u
organismos comunitarios, Gobiernos centrales, autoridades regionales o locales
u otras autoridades públicas...o empresas públicas
de los Estados miembros, así como la adquisición directa a los mismos de
instrumentos de deuda por el BCE o los bancos centrales nacionales”. El
artículo 108 consagra la independencia del BCE y de los bancos centrales que
quedaban integrados en el Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC), y el
artículo 104 establecía los criterios
para la convergencia económica que se concretaban en un protocolo anexo:
que el déficit público anual no superara el 3% sobre el PIB, que la deuda
acumulada no superara el 60%, y que la inflación no superara en 1,5% la media
de los tres países que la tuviesen más baja. El protocolo 11 exime al Reino
Unido de unirse a la moneda única y le permite conservar la libra esterlina.
Una vez aprobado el nuevo tratado,
tocaba pasearlo por los distintos países de la Unión para su aprobación. Y digo
bien, “su aprobación”, porque otra posibilidad no cabía en los mandatarios
europeos que lo suscribieron. Podía hacerse bien por ratificación parlamentaria
o por referéndum popular. Pero sólo hubo referéndum en 3 países, en Dinamarca se
rechazó con un 50,7% de votos en contra. Aunque tras establecerse algunas
excepciones se acabó aprobando en 1993 en un segundo referéndum. (Un tercer
referéndum en 1999 rechazó la incorporación al euro por un 53,1%). También se
celebraron referéndums en Francia, donde se aprobó con un 49,0% de votos en
contra y en Irlanda, con un 31,3% de votos en contra. En España, el PSOE de
Felipe González evitó el referéndum aunque él mismo participó en un mitin en
Estrasburgo en septiembre de 1992 defendiendo el “sí” para el tratado junto a
los socialistas franceses: “Sin duda el
tratado de Maastricht no es un tratado perfecto…la perfección es sólo para la
extrema derecha y la extrema izquierda, los extremos totalitarios”. Es
cierto que tanto los conservadores como
los comunistas europeos coincidían en su rechazo a Maastricht, aunque por
razones distintas. Los conservadores
ponían el acento en la pérdida de soberanía que suponía entregar la política
monetaria al BCE, que quedaba constituido como un estado monetarista
independiente de todo control gubernamental. Para Gianfranco Fini, líder del neofascista Movimiento Social Italiano,
no había duda de quién estaba en realidad detrás del BCE. En el pleno que
aprobó el tratado, el 17 de septiembre de 1992, dijo: “Hay que reflexionar bien antes de entregarnos de pies y manos al
Bundesbank”. Para la izquierda,
el tratado de Maastricht institucionalizaba las políticas neoliberales al hacer
obligatorios los recortes en el gasto público buscando sólo una convergencia
macroeconómica nominal. Le acusaba de buscar sólo un escenario favorable para
la libertad de movimientos del capital a costa del bienestar social, pues la
estabilidad presupuestaria eliminaba de hecho el papel redistribuidor del
estado al prohibirle intervenir en la política monetaria. Además, decían, si
ahora se consagra el 3% de déficit estatal nada impedirá que en el futuro se
exija incluso menos. Por último, Maastricht suponía subvertir los principios de
la soberanía popular y de control de las acciones del gobierno pues en la
práctica la soberanía nacional se depositaba en manos de un banco. Max Gallo, exministro francés de
cultura afirmaba que “los socialistas que
defienden el tratado y lo negociaron sólo pueden defenderlo evitando analizarlo”.
Él abogaba claramente por el “no”: “Hay
que rechazar este tratado, que va a aumentar el desasosiego, el número de
parados, las dudas acerca de la nación y que alimentará a medio plazo a la extrema
derecha xenófoba”.
En España la voz más alta en contra
del tratado de Maastricht fue la de Julio
Anguita. Sufrió por ello una atroz campaña de desprestigio tanto de los
medios oficiales cercanos al partido socialista como de la derecha, e incluso
desde las filas de la izquierda. Fue acusado de fundamentalista, antieuropeo,
iluminado…Pero sus palabras hoy parecen salidas, no de un califa, sino de un
profeta. El 29 de octubre de 1992, durante el debate en el Congreso de los
Diputados que habría de ratificar el tratado, Anguita dijo lo siguiente: “El Tratado de la Unión Europea pone en
marcha un concepto de convergencia profundamente desnaturalizado…sorprende la
ausencia de compromisos sobre magnitudes como renta per cápita, tasa de
desempleo, gastos sociales, etcétera. Sorprende por cuanto parece desprovisto
de sentido que la convergencia no se plantee precisamente en el terreno de la
economía real y sí en el de su reflejo: el monetario. Pero no sólo es grave que
no se prioricen estos objetivos de convergencia real, sino que el logro de los
acordados puede producirse al precio de empeorar los indicadores reales”.
De hecho, los recortes en el gasto público para alcanzar ese deseado 3% de
déficit que emprendieron tanto los gobiernos de Felipe González como los de
Aznar le daban la razón. Los costes sociales eran de tal magnitud, que apenas
un año después, en septiembre de 1993, la Conferencia de Naciones Unidas sobre
el Desarrollo y el Comercio advirtió a Europa que entraría en recesión si
intentaba cumplir con los criterios de convergencia de Maastricht en los plazos
previstos. Tan claras y evidentes eran ya sus consecuencias, que en la fiesta
del PCE de 1996 Anguita enumeró con tino insuperable el horizonte
socioeconómico que hoy padecemos, y que volverá a repetir ante Aznar en el
Congreso en junio de 1997 y reiterará en sus artículos e intervenciones
parlamentarias posteriores:”La moneda
única, según Maastricht, es el fin de la autonomía política para decidir sobre
las condiciones de vida de la ciudadanía. La moneda única, según Maastricht, es
la imposición de los poderosos a través de los mecanismos del llamado mercado
libre y de la práctica independencia de los poderes públicos del sistema de
bancos centrales paso previo del Banco Central Europeo. La moneda única, según
Maastricht, es poner como primer objetivo los ajustes contables macroeconómicos
y relegar a un segundo lugar derechos sociales recogidos en nuestra
Constitución y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Maastricht
es la pensión que disminuye; el recorte en gasto sanitario; la congelación
salarial de los funcionarios… el recorte en inversiones para infraestructuras y
obras necesarias; el recorte creciente del subsidio de desempleo, etc.”
Sin embargo los dirigentes del Bundesbank se mostraron siempre inflexibles y
exigieron el estricto cumplimiento de los criterios de convergencia del tratado.
En 1994, el nuevo presidente del banco alemán, Hans Tietmeyer dijo lo siguiente (es para leerlo bien y tomar buena
nota): “Los criterios de Maastricht deben
cumplirse a rajatabla porque son requisitos mínimos. Intencionadamente, no
están formulados desde el punto de vista de la economía real, no distinguen
entre ricos y pobres, distinguen entre un grado mayor o menor de estabilidad
monetaria. No importa ser más pobre si hay flexibilidad interior de salarios,
es decir, si se acepta un nivel general de vida más bajo en los países menos
ricos. Lo importante es garantizar la convergencia nominal y, con algún acuerdo
de unión política dar el salto a la Europa que quiere Alemania”.
Y en esta Europa de ajustes
contables macroeconómicos está trabajando Alemania. Porque para ella esta
crisis no es una crisis que afecte a la economía real o a las personas, es una
crisis que “hemos provocado los países despilfarradores” al salirnos de los
corsés impuestos hace 20 años, por eso la solución no es avanzar hacia una
verdadera unión política o económica, ni hacia la Europa social y real, sino
más de lo mismo. Más dosis de la misma política neoliberal que ya tragamos en
Maastricht, pero redoblada, como castigo: Modificación de las Constituciones
nacionales para consagrar la estabilidad presupuestaria como objetivo de
cualquier gobierno, déficit del 0,4% del PIB desde 2020 y control previo de los
presupuestos nacionales por Bruselas (BCE/Bundesbank) desde 2011. Con estas medidas podemos constatar la
defunción definitiva del Estado del Bienestar y de la democracia.
Estoy seguro de que la señora Thatcher está
sonriendo y señalando al continente con uno de sus dedos huesudos y diciendo
aquello de: “I told you”. Sí, señora
Thatcher, después de perder dos guerras
mundiales, Alemania ha vencido a Europa.


